Ser valiente está en las pequeñas cosas

Nunca he salvado a mis familia de un ataque de dragones. Jamás he pilotado un avión para huir de un bombardeo, no he desactivado explosivos ni he apagado incendios. No sé hacer reanimaciones cardiopulmonares, no me he enfrentado desarmada a los malos de la película, no he impedido un choque frontal entre dos trenes sin frenos. Nunca he sido heroica, ni he sido jamás lo que el cine nos ha vendido como valiente: estar vacía de miedo.

¿Qué es ser valiente al fin y al cabo? 
No lo sé.

Lo que sí sé es que, tras mucho runrún mental, admití que no sabía hacer un montón de cosas: ni nadar decentemente, ni montar en bicicleta, ni cocinar o hacer café. Luego de que me mirasen como se mira a los extraterrestres, me metí a clases de bici, me lancé a la piscina con un monitor, quemé una cantidad importante de sartenes y me compré una cafetera de lo más chachi piruli.

Quizá ser valiente sea no paralizarse ante lo cotidiano.

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