Y si te enamoras, ¿qué?

Buscamos mil maneras de no enamorarnos. Mil.

Nos hacemos los difíciles. Los duros. Los inaccesibles. Nos disfrazamos de presas en un juego de cacería y corremos rápido, no vaya a ser que nos encuentren, que nos disparen. La presa juega el papel de huir. Los guardamos en el móvil con apodos divertidos para despersonalizarlos y que así no sean Juan, ni Pedro, ni David; sino El de Cuenca, el Creativo, el Lavadoras. Contestamos tarde a los mensajes calculando el tiempo preciso que debemos dejar pasar para que no se note ni un pelín que el corazón nos dio un vuelco cuando apareció su nombre en nuestra pantalla.

Porque el corazón nos da vuelcos. Porque queremos, pero nos empeñamos en no querer.

Salimos con otros. Salimos con varios. Fragmentamos el cariño porque un cariño, así, chiquito, jamás se podrá enamorar. Nos llamamos a nosotros mismos “imán de idiotas”, le achacamos el fracaso al resto, nos reímos de nuestra mala suerte en el amor. Mostramos sólo partes de quienes somos y ocultamos nuestros pedazos importantes, convirtiéndonos así en criaturas misteriosas y secretas. Elevamos muros. Cavamos zanjas. Tiramos abajo todos los puentes. Decimos que NO a las invitaciones y desaparecemos por horas, días, no vaya a ser que piense que –¡el horror!– estoy pensando en él.

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