Qué malo es follar tan bien contigo

Qué malo es follar tan bien contigo.

Quitarnos, sobrios, la ropa en el pasillo: no tenemos tiempo que perder, la habitación está tan lejos. A la mañana siguiente tú y yo desparramados en la cama. Tras el polvo, hechos polvo, tus brazos –como siempre– extendidos, buscándome. No te importa que me escabulla de tu abrazo a mitad de la noche: sabes que lo hago para poder repartir codazos inconscientes sin el temor a golpearte. A golpearnos.

Qué malo es follar tan bien contigo. Despertar, asomarme: comprobar que en el salón la alfombra está deshecha, nuestros pantalones abrazados en el suelo, dos botellines de birra abiertos y sin beber en la estantería. Anoche teníamos demasiada prisa. Observarte un momento tumbado en el sofá: tú, los cascos y Nick Cave fumando el primer piti del día. Cómo odio que fumes pero qué bien que te queda, tú. Acercarme al sofá, que me extiendas el brazo, acomodarme en ese espacio tuyo que siempre está abierto para mí, imaginarme que estás escuchando nuestra canción. No sé cuál es, pero me has dicho que es la nuestra.

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