Nunca fuimos nada, pero siempre hubo algo

Te digo adiós en la T4 de Barajas. Te tiro de la barba y te doy dos besos. Desapareces tras pasar Seguridad y camino distraída de vuelta al Metro, línea 8, qué pereza volver sin ti. No sé en qué momento empecé a quererte. Quizá fue en el momento en que descubrí que me sacabas de quicio más de lo normal: cuando tus bromas no sólo me arrancaban un “JAJAJAJAJAJA” sino un “JAJAJAJAJAJA CÁLLATE PUTO ANORMAL”. Sabes cuánto me gusta que me vacilen y tú me vacilas mejor que nadie. No sé cómo haces para que te quiera, si además de chuparme el alma me chupas a tope la batería del móvil.

Y eso que nunca fuimos nada. Fuimos colegas de cervezas afterwork y los mejores amiguetes para echarnos unas risas, para sentirnos acompañados. Pocas veces nos vimos un finde: “los findes son para los amigos de verdad”, te decía yo entre risas, tú respondías descojonado que nosotros no éramos amigos, que no me lo flipase. Que incluso podríamos ser menos que eso, pero que no teníamos tiempo. Porque te ibas. Porque te acabas de ir, cabrón.

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