Querida amiga: qué putada que vivas tan lejos

Querida amiga: qué putada que vivas tan lejos.
De verdad.
Y es que las mejores amigas deberían vivir a distancias aceptables. Yo qué sé: cuatro o cinco paradas de metro, un trayecto de máximo treinta minutos. Pero no: a nosotras se nos ha ocurrido vivir a miles de kilómetros de distancia la una de la otra. Qué caro nos saldría el taxi ahora, amiga.

A pesar de esta putada y del destiempo de husos horarios y rutinas (¿dónde quedaron las siestas juntas? ¿dónde las conversaciones mañaneras de qué me pongo hoy?), no sé cómo lo hacemos, amiga, pero seguimos estando ahí, mandándonos cada mañana selfies para llorar. Peor aún: mandándonos selfies LLORANDO, sincronizando nuestros relojes y haciendo posible que, por unos instantes, el tiempo se detenga y nos teletransportemos al mismo sitio y al mismo lugar. Supongo que en el fondo somos una clase especial de superheroínas sin capa ni antifaz, y es que no me lo explico de ninguna otra manera.

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