Sobre jaulas y demás autoexilios

El jueves cayó un mirlo en mi jardín.

Probablemente se rompió el ala en algún lugar. La idea de dejarlo en el jardín a merced de las hormigas me pareció de una crueldad horrorosa, así que decidí ser una buena samaritana y hacerme cargo de él hasta que se le compusiera el ala, porque, de volar, nada. Le di cobijo en una jaula pequeña, le di agua y comidita y me sentí la Madre Teresa de Calcuta mientras veía cómo picoteaba su lechuguita y se daba bañitos en el agua. Lo llamé Blackberry y le hice fotos.

Al día siguiente Blackberry había muerto.

Al principio no lo entendí. Pero si estaba cómodo, pensé. Tenía agua, comida, seguridad. ¿Es que no estaba a gusto en la jaula? Total, los humanos nos llenamos de jaulas todo el tiempo, y aquí seguimos.

En nuestras jaulas.

Llámalo jaula, armario, prisiones: esos lugares en los que nos encerramos y nos convencemos de que ahí se vive de puta madre. Llámalo ese amigo que nos ordena el cerebro a su manera, llámalo sus gustos que decidimos adoptar como propios. Llámalo nuestra pareja mala, a la que nos cuesta dejar. Llámalo la ciudad que nos asfixia pero en la que seguimos viviendo. Llámalo nuestro trabajo de nueve a seis que nos deprime los domingos por la tarde. Llámalo nuestro signo zodiacal y correspondiente descripción. Llámalo nuestro apellido y sus connotaciones. Llámalo costumbres, dogmas y creencias en las que creemos porque en algo hay que creer. Porque uno es mejor persona cuando cree, en lo que sea, pero cree, ¿no?

Llámalo como quieras. Son nuestras jaulas.

Jaulas, armarios, prisiones. Es nuestra vida que parece nuestra vida pero no lo es tanto. Espacios a los que les cogemos cariño porque pensamos que sus rejas y sus esquinas le dan sentido a nuestra vida y nos protegen de todo eso –lo desconocido– que hay afuera. Jaulas a las que nos acostumbramos y dentro de las cuales nos olvidamos que podemos volar, ya que solemos anteponer nuestra jaula a nuestra felicidad. Nuestras creencias a nuestra felicidad. Nuestra ideología a nuestra felicidad. La felicidad de los otros a nuestra felicidad.

Blackberry nació para volar, aunque siempre pensé que en la jaula terminaría por domesticarse. Nunca pensé en la muerte. Total, los humanos nos llenamos de jaulas todo el tiempo y vamos en contra de nuestros instintos a cada rato y aquí estamos, de lo más vivos. Aunque en realidad, no tanto.

Esto va por todos los Blackberry del mundo. Los que se niegan a vivir en jaulas, los que derriban las rejas y siguen sus instintos, vuelan y, aunque se caigan, se vuelven a levantar. Los que abandonan sus jaulas porque han aprendido que sólo abandonándolas se descubre la verdadera libertad. Blackberry no pudo hacerlo, pero se negó a acostumbrarse. De esa pasta es de la que están hechos los héroes.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s