Cómo vivir una fantasía (y estrellarte posteriormente)

Él y yo nos conocimos en un avión.
Sí, así de telenovelesco.

Yo tenía diecinueve años, un día y medio sin ducharme y dieciocho horas de avión por delante repartidas en tres vuelos. Volvía a casa después de tres semanas de recorrer Italia, llevaba poco dinero en los bolsillos y vestía mi único par de bragas limpias. Era uno de esos días en que no estás para nada y para nadie y, como no podía ser de otra manera, fue ahí cuando lo conocí. Me tocó el 36C y a él el 36D. La conversación empezó con un Ciao en Malpensa, Milán, y la terminamos en un mal aterrizaje en O’Hare, Chicago, 10 horas después.

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