Sobre los pies de gigante y la felicidad

Me han crecido los pies.

Y no es broma.

Este verano decidí reciclar sandalias: saqué del fondo del armario todos esos zapatos que no me ponía hacía años y opté por el look vintage, que no quiere decir más que “me pongo cosas requeteviejas con un desparpajo que no veas porque mujer más fashion que yo, sólo en alucinaciones”. La que alucinó fui yo al ver que, infinitos, asomaban mis dedos y talones por absolutamente todos los recovecos de mi vintage look. Quise atribuirle semejante fenómeno a los sofocos del verano, a mis siete kilómetros diarios, al calentamiento global, a yo qué sé qué, pero mis pies han crecido a lo largo y no a lo ancho, por lo que quedan descartadas las hinchazones estivales y me resigno, más bien, a un estiramento de las patas bárbaro.

Junto a los pies me han crecido el ego, el amor propio, la simpatía y el buenorrismo. La humildad, también. Creo que me encuentro en una de las mejores etapas de mi vida: me gusta mi trabajo, me gusta mi ciudad, me gusta mi casa y, sobre todo, me gusta la gente con quien lo comparto. No recuerdo cuando fue mi última gripe y ya voy viviendo un tiempo considerable sin creer que sufro de una enfermedad terminal: gracias, santo de mi devoción, me has curado de la hipocondría y de todos los males que con ella vinieron. Me gusta mi nueva y reforzada salud. Lo que no me gusta nada es el estado de mi cartera (si hago el pino-puente no cae ni medio euro), pero yo me rijo por el viejo dicho de que “el dinero no hace la felicidad”, que con seguridad lo inventó un pobre (pero que a todos los de su condición ¡cuánto alivio nos otorga!)

La verdad es que si fuera el millonario del Monopoly y no hubiera necesitado ahorrar en zapatos este verano, jamás hubiera descubierto el fenómeno ocurrido en mis pies. Jamás me hubiera quedado horas mirándomelos, eternos, calzando las veintiúnicas sandalias que no me quedan ridículas. Jamás hubiera llegado a la conclusión de que este alargamiento involuntario ha sido, quizá, una pequeña señal divina para recordarme que, a excepción de unos pies de tamaño ordinario, lo tengo todo.

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