Resurrecciones

El año que pasó me morí.

No fue nada raro: uno en la vida se muere un montón de veces. Casi nunca te das cuenta: te caes, te destrozas, te mueres, te velas, te lloras tú solito y te entierras. Porque somos seres de un día, y está bien tener muchas vidas. Hay que morir para enterarse de las cosas.

Así que me morí.
Pero resucité.

No al tercer día, no al décimo. Sólo regresé. Resucité a mis 33, una edad muy simbólica para volver a la vida. Y cuando a uno le dan una segunda oportunidad uno empieza a ponerse metas importantes para el futuro.

Año que viene, agárrate porque en los próximos 365 días:
* NO me apuntaré al gimnasio
* NO bajaré de peso
* NO beberé menos
* NO me esforzaré en cagarla menos que el año que pasó
* NO aprenderé una nueva habilidad
* NO maduraré ni me volveré una buena samaritana.

Nada de esto es importante ni viene al caso, porque una puede ser una gorda borracha, inmadura y sin talentos y vivir una vida de puta madre. Mi única promesa para el año que viene es estar ahí cuando alguien se muera para ayudarlo a resucitar, porque uno siempre se muere solo, pero resucita acompañado.

Resucitas la mañana densa al lado de la máquina de café, cuando no puedes decidirte entre un cortado y un Alprazolam, y tu compañera de trabajo te pregunta si necesitas un abrazo. Y te lo da sin esperar tu respuesta.

Resucitas cuando tu hermano te dice todo eso que no quieres escuchar, porque aunque tú ya no te acuerdes, él no se ha olvidado de quién eres. Resucitas cuando él hace todo lo necesario para que tú nunca vuelvas a olvidar.

Resucitas cuando tus amigos, esos a quienes fuiste a visitar al otro extremo del continente, te dejan dormir en un tren al que te subiste sólo para ver los tulipanes. Resucitas mientras duermes, porque ellos saben lo que de verdad importa.

Resucitas con esa amiga a la que le dices No vengas y viene, a la que dices No quiero llorar y llora contigo, a la que le dices Gracias y te llama idiota y te suelta un chiste.

Resucitas cuando el niño de tu oficina te dice un jueves que estás linda. Y te dice al día siguiente que estás linda. Y un sábado cualquiera te miras al espejo y te ves linda.

Resucitas las mañanas en que te cuesta levantarte pero, aún así, te levantas. Resucitas cuando te cuesta mucho, porque sabes que en unos días no te costará nada. Resucitas cuando ves que vale la pena hacerte preguntas sin respuesta, que vale la pena perder la fe, que vale la pena morirte veinte veces. Porque tú vales la pena.

Resucitas cuando tu hermana da a luz y cuando tomas a tu sobrino en brazos, porque es ahí cuando comprendes que todos tienen la oportunidad de nacer, cómo él, o nacer de nuevo, como tú. Y naces de nuevo. Resucitas cuando tu sobrina de siete grita tu nombre porque no hay nadie más en el mundo con quien quiera hacer una guerra de almohadas y es jugando a las Barbies bajo la cama, olvidándote del mundo a carcajadas, como resucitas también.

Resucitas cuando corres. Sin nadie que te diga que no puedes, porque sí puedes.

Resucitas con un correo que llega diez meses tarde en el año pero a tiempo a tu corazón. Porque viene de ese tonto que fue un mal amigo pero, al mismo tiempo, el mejor. Resucitas cuando lo ves, te tomas una cerve y le confiesas tus mierdas, porque, a pesar de la distancia, parece que no hubiera pasado un día desde la última vez.

Resucitas con un whatsapp de madrugada de tu mejor amigo, el de Lima, quien ha decidido hacerte volar diez mil kilómetros sólo porque te quiere ver. Porque, aunque la distancia separa los cuerpos, es incapaz de distanciar los corazones.

Resucitas cuando tu mejor amiga se casa con el amor de su vida. Cuando lloras un poquito, cuando ríes nuevamente. Resucitas ahí también, porque gracias a ella descubres que te ha crecido de nuevo el corazón.

Resucitas cuando le prestas tu sofá a un extraño y descubres sin miedo los lazos inesperados que se entretejen entre dos desconocidos. Es en ese intercambio donde descubres que la vida aún tiene la capacidad de sorprender.

Resucitas cuando da igual si son vinos, chilcanos o gin tonics, la cosa es tener con quien bebértelos: la gente que sabe abrazarte con el corazón.

Resucitas cuando vuelves a rodearte de la gente a la que elegiste para que te ayuden a ser quien eres. La gente que generó contigo tus mejores recuerdos. Resucitascuando recibes con ellos el año nuevo, sin cosas increíbles pero increíblemente.

Y resucitas, resucitas de verdad, cuando ves que te puede faltar todo pero no te pueden faltar ellos. Los que adornan tu nevera con sus caras sonrientes, los que enderezan tu vida con sus abrazos como muletas. Son ellos los que te devuelven a la vida y es por ellos por quien merece la pena estar de vuelta.

Ayudar a otros a resucitar es mi única promesa para el año que viene. Los gimnasios y las dietas son para los cobardes.

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