Sobre aquellos pequeños triunfos de la vida

1.
Nunca aprendí a montar bicicleta.
Crecí en mi piso de Lima, el de toda la vida, por lo que montar bicicleta hubiera significado tener que escoger entre morir atropellada en la Avenida Aramburú, morir atropellada en Paseo de la República, morir atropellada en República de Panamá o morir atropellada en la Avenida Tomás Marsano. Los años 80, los coches bomba, la hiperinflación y los secuestros un día sí y al otro también formaban parte incómoda de la ecuación de la no-bicicleta, por lo que mi infancia fue siempre de puertas para adentro y la sobreviví a base de los Thundercats y Nubeluz.

2.
Nunca aprendí a nadar.
Jamás superé el primer carril de la piscina de grandes en la academia de natación Ismael Merino y, por más fotos que me hicieron contra la pared celeste sosteniendo mi tablita de gomaespuma y sonriendo como una tarada, no fui capaz de aprender a echar burbujitas por la nariz y a coordinar el sencillo algoritmo de cabeza afuera / inhala por la boca + cabeza dentro exhala por la nariz. Con los años desarrollé mi propio estilo Tarzán, cabeza afuera, procurando siempre mantenerme en el lado de la piscina donde pudiera tocar el suelo con la punta de los pies.

3.
Nunca aprendí a dejarme llevar por las olas.
Mis hermanos eran unos maestros. Mis padres nos llevaban a La Herradura (la playa de los surferos) y Guillermo y Cecilia corrían hacia el mar sin temor a zambullirse, a revolcarse, a salir con el bañador embadurnado de arena por fuera y por dentro mientras yo me acercaba miedosa a la orilla, mantenía las rodillas tiesas y me agachaba para recoger agua y mojarme los antebrazos. Sólo me metía al mar si íbamos a Embajadores, donde apenas había corrientes y donde no existía el peligro de morir ahogada.

4.
De niña nunca fui a Miami.
Si creces en un colegio pijo de Lima, como hice yo, ir a Miami una vez al año es prácticamente obligatorio. En la época en la que estaban prohibidas las importaciones en Perú mis amiguitas del cole regresaban de las vacaciones de julio bronceadísimas y con las mochilas llenas de chicles megamodernos que dejaban a mis chicles de producción nacional como una reverenda porquería.

5.
Fui invisible en todas las fiestas adolescentes a las que fui.
Por más vestidos pegaditos que me puse, por más moños repeinados que me hice y por más horas que practiqué todas las coreografías de moda, no me comí un rosco en todas y cada una de las fiestas a las que fui. Quizá era mi cara aún en proceso de desarrollo –y de terror absoluto– lo que espantaba a los niños. No lo sé. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que me tomaron de la cintura para bailar una canción lenta y fue cuestión de meses después de mis quince años que bailar lentas desapareciera para siempre.

Todas esas carencias, sin embargo, poco han importado en mi desarrollo como ser humano. Es cierto que mis habilidades motoras truncaron por completo su desarrollo y que un playmobil tiene más flexibilidad que yo. Es cierto que hasta el día de hoy casi todo me mortifica: la gente con horrores de ortografía y la gente en general, entrar al baño equivocado, que descubran la música que escucho oculta tras los cascos. Es cierto que me cuesta tomar la iniciativa y que la rutina, lejos de aburrirme, me alivia y reconforta. Pero la verdad es que ninguna de mis carencias verdaderamente me importa. En el momento en que uno acepta que cada uno tiene sus propios tiempos y que cada cual administra sus triunfos de la manera que mejor le convenga, la vida adquiere un matiz precioso. En el momento en que te reconoces como individuo, tus carencias dejan de ser vergüenzas y se convierten en posibilidades. Y sólo si lo quieres.

Epílogo
Aprendí a montar bicicleta una tarde de verano de 2009, en Barcelona. Pili Chuez grabó los videos. Me tiene amenazada con enviarlos a la televisión y he prometido no viajar en dos ruedas nunca más.
Aprendí a echar burbujitas por la nariz bajo el agua una mañana de 2011, en Nambroca. En 2013 empecé a practicar el estilo libre y soy feliz de que no haya olas en el Mediterráneo.
Es 2015 y bailo todas las noches en mi cocina. Mientras hago la cena y repaso el día, bailo. Lo hago desacompasada y en pijama, con una mano en la cintura, peinada a mí manera y dejándome llevar como si no me viera nadie. No hay nadie más en el mundo con quien quisiera haber bailado.

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