Palabras que odio: Perder la virginidad

Desde que éramos niñas, vestidas con nuestros minivestidos de novia para la primera comunión, nos enquistaron en el cerebro la idea de que la virginidad era una virtud que debía protegerse. Que era algo sagrado y divino que nos ayudaba a mantener el control de nuestra sexualidad. Que nuestra virginidad debía entregarse a alguien importante, único y especial. Muy católicamente, nos inculcaron cristiana culpa por si nos escurríamos del camino y, como quien pierde una lotería con premio, perdíamos la virginidad. O nos masturbábamos. O si mirábamos a algún objeto del deseo con pecaminosa lujuria.

Perder la virginidad. El término en sí mismo implica cosas horribles. Pérdida. Carencia. Desperdicio.

Yo me escurrí del camino de la virtud joven (aunque no tan joven, mamá) con alguien a quien yo no quería. Me gustaban sus labios y nos gustaba comer canchita con chocolate en el cine, y tomarnos de la mano, y rajar duro y con sorna del resto de la humanidad. De amor, nada. No fue una experiencia desagradable, pero tampoco fue mi ideal de lo que, por décadas de décadas, las mujeres tuvieron que aspirar a que sea el día más feliz de sus vidas. Lo hicimos luego de comer pizza en su casa, en el último piso de un edificio altísimo con vistas al mar. La mayor parte del tiempo, entre el descontrol de las sábanas y los besos, estuve deseando fervientemente que terminara ya para poder decir ya no soy virgen, alabado sea dios. Dolió. Sangré. Me quedé a dormir, y a la mañana siguiente nos dijimos poco porque él tenía una reunión muy importante y yo tenía que darle de comer a mi gato inexistente.

Bajé de los cielos hacia tierra miraflorina y caminé los cuatro kilómetros que separaban su casa de la mía, esa mañana fresca a mediados de mayo. Lo único que sentí que había perdido era el estrés adolescente de ser virgen.

Velé a mi virginidad muerta comiendo hamburguesas con tres amigas divinas, despellejándome sin culpa los misterios del corazón. El duelo me duró poco: no volví a pensar en la virginidad nunca más, como si hubiese nacido habiéndola perdido. Nuestro consuelo sexual fue comer pizza juntos unas cuantas veces más salpicadas a lo largo de los años que siguieron, casi siempre entre novio y novio: novios que me dieron sexo obsceno e indoloro y cuyos labios me enamoraron y con quienes ensucié las almohadas con migas y mermelada mientras desayunábamos viendo la tele.

La pregunta es: ¿Por qué nos inculcan ese miedo desmedido a perder algo que luego no echaremos de menos en lo más mínimo? En serio. Más pena me dio perder a Papá Noel.

Perder la virginidad. Qué término más horrendo que la educación nos ha impuesto. Como si tatuarte el cuerpo, perforarte la piel o quitarte la grasa del culo para ponértela en la cara no te alteraran de una manera más dramática tu esencia original. Como si necesitaras tener sexo para desvirginizarte: yo creo que una deja de ser virgen mucho antes de eso. Es una ausencia que da igual. Es una decisión más, entre las tantas otras (mejores, peores, menos o más desgarradoras) que tendrás que tomar.

Lo que es yo, lo único que tengo miedo a perder es mi iPhone.

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