No tienes arreglo (No lo tienes)

Pues sí: chapuzas del amor los hay en todos lados. Parejas que se lanzan a una relación con alicate en mano dispuestos a arreglarte todo lo que estimen que deba ser arreglado: los sentimientos, porque no los entienden; las aspiraciones, porque no las comparten; tu pelo, porque vamos a ver. Te tocará alguno: te sentará un día y te venderá la moto. Te dirá que, más que quererte por lo que eres, te ama por lo que podrías llegar a ser. Que sí. Que estás muy bien, pero que podrías estar mejor, y que para llegar a ese hipotético tú te recomienda un poco de arreglo.

Déjame decirte algo: TÚ NO TIENES ARREGLO.

No lo tienes. Pero lo intentarás, porque el amor a veces nos vuelve así: gilipollas. Dejarás de bailar en Primark cuando la música de fondo te ponga así. Dejarás de lado tus listas de cosas raras en el mundo: alfombras en las cocinas, humanos que votan a los ladrones de siempre. Te volverás “normal” y te sumarás a las manadas que se arrastran por autopistas congestionadas –¡es tan fácil ser del montón!– y no te permitirás quejarte cuando el destino sea un adefesio gris y no la playa bonita que esperabas.

No tienes arreglo pero seguirás intentando arreglarte, como si fueras un Datsun viejo al que hay que cambiarle los amortiguadores. Harás caso cuando te digan que ya estás muy mayor para algunas cosas e intentarás olvidarte de eso que escuchaste alguna vez: que somos todas nuestras edades al mismo tiempo, niños y ancianos, adolescentes. Intentarás vivir como vive la mayoría de gente: dejando poco rastro, y los sábados por la tarde te concentrarás mucho en la tele para no recordar los días esos en los que declarabas que la vida desde el sofá era bastante aburrida.

Pero tú no tienes arreglo y no tienes por qué tenerlo. Despiértate una mañana de febrero después de una noche inmóvil, sin haber rodado al lado frío de la cama (ese placer gratuito) y pregúntate:¿y yo dónde carajo estoy? Deja ir a ese que te quiere arreglar como si pasaras por el quirófano para quitarte el apéndice: dolorosa pero necesariamente. Total, el apéndice no sirve para nada. Te dirá:no querré a nadie como te quise a ti. Y te alegrarás, porque tú no le deseas el mal a nadie. Venga ese bisturí.

No tienes arreglo. Dejarás que te llamen humano viboresco extraño y neurótico porque a ti no te cuesta admitir tus realidades. Hablarás más y escucharás menos. Aceptarás que no eres cool y que no necesitas serlo. Tomarás tu café como te venga en gana porque es tu café y no pondrás tu vida en orden porque es tu desorden. No pedirás disculpas por ser quien eres ni barrerás bajo la alfombra las rarezas que te estimulan. Y, aunque intenten arreglarte de diferentes maneras, no dejarás que lo consigan:ir sin disfraz por la vida es tu mejor forma de felicidad.

Sí así lo quieres te volverás a enamorar de la única manera en la que hay que hacerlo: como una imbécil. Te dejarás transformar, porque en pareja se iluminan cualidades y defectos tuyos que la soledad esconde. Pero enamórate de alguien que no te quiera arreglar: enamórate de alguien que no tenga arreglo tampoco. Alguien a quien le guste lo mal hecha que estás y cuya locura te haga reír. Alguien que mire el mundo, divertido, desde esa perspectiva personal muy suya y que respete la tuya, tan tuya. Que quiera crecer a tu lado, junto a ti y a tus toneladas de defectos: que cuando llegues a casa y te quites todo, te espere en la cama y te diga que estás más linda que nunca.

Huye de los chapuzas y sus alicates. Para remiendos, los rotos y los dobladillos. De nada.

 

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