Las seis personas que todo humano debe tener

Aquel fue, de lejos, uno de los peores días de mi niñez.
El día que, con artimañas y engaños, me confiscaron mi álbum de la Pandilla Basura.

Años y años de terapia para poder perdonar a las totalitarias de las misses que pretendieron educarme en 1989. Unilateralmente y ¡sin el consentimiento de mis padres! me despojaron de mi maravilloso álbum y se cagaron olímpicamente en mi esfuerzo, mis propinas, mis yalas y mis nolas.

A ver quién puede volver a confiar con gente así en el mundo.

Todas mis colecciones a posteriori han fracasado. Porque tengo miedo de que alguien venga y se largue con mi álbum sin dar explicaciones. Porque confiar en la bondad de los prójimos es un acto de fe del que soy incapaz. Porque quiero celeste sin que me cueste y un álbum sin empeño es eso, un álbum vacío.

Pero a veces miro fotos sueltas.
De esas que te encuentras entre las páginas de un libro o en el cajón de tus medias.
Y veo que, sin querer, sí que he coleccionado.
Tengo un montón de figuritas en mi álbum.
Algunas las he conseguido en un martes de esos en que no tienes sueño, porque ninguna historia interesante empieza un día que te acuestas temprano. Otras me han tocado infinidad de veces, repetidas y reincidentes, vez tras vez hasta volverse familiares y propias.

Mi experiencia vital es poco menos que torpe y dispersa, y de la vida sé muy poco, por no decir nada. Pero estoy convencida (y estoy convencida de pocas cosas en la vida, porque todo siempre es tan incierto) que estas son las seis figuritas que hay que coleccionar para tener un álbum Navarrete de la vida de puta madre.

Un ex novio con el que jamás -JAMÁS- regresarías.
Y que te recuerde todo lo que has crecido desde entonces. Un ex-novio al que le agradezcas infinitamente que no haya funcionado, porque de otra manera no hubieras aprendido sobre tus verdades esenciales de cara a una relación. A quien de cuando en cuando recuerdes, y eches de menos, pero sabiendo que eso no significa que deba estar de vuelta en tu vida. Figurita repetida no completa el álbum.

Un amor apasionado.
Porque así como el mejor lugar para aprender de la vida es en la barra de un bar, el mejor lugar para aprender de uno mismo es en la vorágine de una relación exagerada e imposible. Porque las extrasístoles y los infartos son imprescindibles para abrirte el pecho y destaparte las arterias. Para que entiendas lo que es el corazón. Tu corazón. Y para que sepas enfrentar futuras catástrofes coronarias con un corazón entrenado.

Un amigo con el que no te arrepientas.
Se emborracharon. Hicieron el ridículo en repetidas ocasiones. Se reinventaron una y otra vez buscando convertirse en lo que querían ser. A veces se preguntan cómo pudimos. Pero algunos domingos de invierno te juntas con ese grupo de amigos que te vio hacerte quien eres, y pasarán las tardes recordando cagada tras cagada, aventura tras aventura. Y serán esos recuerdos los que los mantendrán unidos más allá de los matrimonios, los embarazos, los hijos y los divorcios.

Alguien con quien no te de pánico ser tú mismo.
Porque el día en que aprendas a querer a alguien sin dejar de ser tú mismo será el día en que dejarás de luchar contra quien no puedes dejar de ser, y volverás a ser tú mismo, y te gustarás muchísimo más que cualquier simulacro que alguna vez pretendiste ser.

Alguien que cambie tu vida para siempre.
Quizá sea tu abuela de setenta y nueve o tu primita de cinco años. Quizá ocurra mientras ayudes a alguien a morir en paz, una noche cerrada en un hospital, o quizá sea haciendo la cola para pagar en el supermercado, con el papel higiénico en una mano y Ariel Quitamanchas en la otra. Pero alguien, sin que tú se lo pidas, cambiará el curso de tu vida para siempre. Y aprenderás que la felicidad no es un estado esotérico ni cuestión de suerte, sino una elección. Y tú elegirás ser feliz, y recordarás siempre la noche en que a los diecisiete, al borde de una piscina con un cigarro mojado en la izquierda y el shot de tequila en la derecha, te dijeron ¿Arquitectura? Tú qué vas a estudiar arquitectura. Tú tienes que escribir, carajo.

Un amigo que te haga reír (y te deje llorar)
De esos amigos que llenan tus copas y tu vida. Los que que se aparecen en tu casa con McDonalds porque sí, y quienes no te importa que se beban el ketchup y se coman tus papitas. De esos que quizá no te llamen en un mes (porque saben que estás bien) pero que, leales, no se pierden un mal lunes (cuando saben que estás mal). Y aunque no tengan ni idea de cómo consolarte, están ahí. De esos amigos cuyos abrazos funcionan como vendas y yeso cuando te sientes rota por dentro. De esos con quienes puedes ser tu peor versión sin miedos y con quienes te haces mayor, y aunque la distancia física y espiritual los tenga a kilómetros uno del otro, saben siempre estar contigo.

Con mis seis figuritas ya perdoné a las misses de 1989. Porque este álbum, aunque no esté lleno del todo, y aunque me repita vez tras vez preguntas que no sé contestar, está mucho -mucho- mejor.

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