La fórmula Polystel (O como mantenerte joven aunque pasen los años)

Gente que me echa veintiocho años y que cuando se entera que tengo treinta y tres me mira con cara de y cómo haces para no suicidarte del asco, hija. Gente que me pregunta y para cuándo porque quieren exclamar aliviados ya era hora. Gente que me recomienda congelar mis óvulos porque ya sabes, la edad, mayorcita, los relojes, tic tac tic tac. Gente a la que es muy correcto asesinar sin remordimientos, porque mi vida, señoras y señores, no es una democracia.

Gente.

Este año ha pasado algo sorprendente: me he sentido mayor. Por primera vez he sentido que la vida me ha dicho NO a algunas cosas: he visto puertas cerradas que yo no decidí cerrar, y yo, inconscientemente, le he echado la llave a varias cerraduras porque los meandros de la vida me han cansado por dentro. De pronto noto que hay cosas que ya no estoy dispuesta a hacer, y siento que he cambiado: no reconozco a la Mariella de hace diez años y no me siento la Mariella de hace cinco ni de hace uno.

Me he llenado de NOs. Y como sabemos todos, la señal inequívoca de la juventud es que todo, TODO, es un permanente y llano SÍ.

Así que esta es mi fórmula Polystel. Porque quiero mantenerme joven aunque pasen los años. No te confundas al leerla: está llena de NOs, pero notarás que son corpulentos y encubiertos SIs.

No me tomo mi vida (ni la tuya) demasiado en serio.
No me fijo en la edad de las personas, me fijo en la edad de sus conversaciones.
Me repito que si la vida es la misma todos los días, no puedo ser yo la misma todos los días.
No pierdo la capacidad de sorprenderme.
Presto atención incluso cuando no debería.
No guardo rencor, aunque me hayan hecho daño.
No creo en dioses ni en culpas, pero confío aún en la bondad de la gente.
Conozco mis defectos, pero camino como si no existieran.
Soy valiente.
No creo en el destino, pero creo en las coincidencias que te llevan al lugar donde deberías estar.
Levanto siempre la cabeza para que no se me caiga la corona.
Soy buena. Soy mierda. Y no me arrepiento.
Quiero siempre, y quiero como si nunca me hubieran dejado de querer.
Escribo con el corazón en la mano, los pies en la tierra y la cabeza en las nubes, y este desmembramiento voluntario no duele ni incomoda.
No propongo el pasado para el futuro.
No tengo escondites.
Me permito perder cosas, porque a veces uno suma más cuando resta.
Reconozco que la gente llega a mí por las razones equivocadas con los resultados más acertados.
Sueño.
Decido todas las mañanas no odiar al mundo.
Digo la verdad sin tapujos ni simulacros.
Sigo sin saber muy bien quién soy, y me consuela saber que quizá en veinte años siga sin saberlo.
Y todos los días, aunque me cueste, y aunque las puertas se cierren, y aunque sienta que es tarde, y aunque sienta que me esté equivocando porque me permito equivocarme: procuro hacer más corta la brecha entre lo que hago y lo que soy. Y lo que aún sueño que quiero ser.

Hay muchos SIs por gritar.
A la gente le grito: Vieja tu abuela.

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