El amor en los tiempos sin #hashtags

Lima, 1998. La compañía de teléfonos BellSouth sacó una promoción irrepetible con la que podías hablar sin límite de minutos a cualquier destino BellSouth desde la medianoche hasta las seis de la mañana. Fue así como me enamoré de él esa primera vez: manteniendo conversaciones eternas encerrada en la lavandería de mi casa.

Pero YA NO, PUES.

Ha llegado el momento de superarlo: mientras que en 1998 él me preparaba cassettes con esas mezclas imposibles de Stone Temple Pilots y Lisa Loeb, hoy en día #todo #el #mundo #habla #así, se siente #blessed y grita #YOLO y yo no entiendo por qué. El amor en los tiempos sin hashtags era otro –sin etiquetas ni temas– y en el camino lo hemos perdido, perdiéndonos a nosotros un poquito también.

Lo primero que perdimos: la ignorancia.

Cuando me enamoré de él en los 90 nos creíamos: si él no mencionaba a sus ex pues ellas no existían y si yo le contaba que era campeona intergaláctica de yan-kem- po él me creía sin más. Ejercicio práctico: Conoce a alguien y no lo googlees. No lo agregues a Facebook. No le destripes el pasado ni compares tus horripilancias con las horripilancias de sus ex, cuyas fotos aún pululan por ahí. Cuenta cuántos días puedes. #HombreYa

Lo segundo que perdimos: la mesa para dos.

Fue con una hamburguesa chorreando tomate y ketchup como él se enamoró de mí. Salíamos a comer y él salía conmigo, no con su iPhone, y fue así como descubrió rápidamente que yo no era subnormal y que mis paranoias, lejos de aburrirlo, le parecían entrañables. Ejercicio práctico: sal a comer con alguien y no revises ciento siete veces tu Instagram para ver si alguien le dio Like a la foto de tu hamburguesa chorreando tomate y ketchup. Pon el móvil en modo avión. No podrás.

Lo tercero que perdimos: la caligrafía.

Nos separamos la primera vez porque éramos niños y porque él se fue a vivir a otro país. Pasó poco tiempo y empecé a recibir sus cartas… Ah–sus cartas. ¿Quién recibe ahora correspondencia aparte de los menús del chino y los estados de cuenta de tu incordio de banco? Solían llegar los martes y aprendí enseguida a reconocer su letra feliz y su letra alterada. Me hacía dibujos en las esquinas que me hacían reír, y me enamoré de él nuevamente cuando dedicó una hoja entera a un postdata pequeño, pero enorme: Te extraño. ¿Y tú?Ejercicio práctico: pídele a tu humano importante y a cinco de sus amigos que escriban tu nombre en un papel. Intenta adivinar qué letra es la suya. Seguro que te equivocarás.

Lo cuarto que perdimos: la precisión.

En 1998 mandar un SMS costaba (y no costaba poco) por lo que teníamos que planificar creativa y cuidadosamente nuestras palabras. Fue así como, concisos y enamorados, nos declaramos enciclopedias de amor contenidas en 160 caracteres. Ejercicio práctico: suma cuántos monos y sevillanas tienes en tu whatsapp. Lo que queda demostrado.

Lo quinto que perdimos: la suciedad.

Cuando él y yo nos dejamos, todas las veces que nos dejamos, nos esperábamos en la puerta de un bar y lo único que llevábamos encendido era un Marlboro. Nos tuvimos que decir adiós a la cara: él me dijo que yo iba demasiado deprisa y que así nunca nos íbamos a encontrar, yo le dije que era hora de que se marchara, porque cada vez que se iba era sólo para volver y había vuelto demasiadas veces. Romper un corazón por Skype, en cambio, evita que te salpique el chantaje emocional de un corazón triturado y manchado con lágrimas y rímel, y así te quedas limpito, impoluto y en paz con tu asepsia.

Lo sexto que perdimos: la permanencia.

Guardé nuestra foto en la cartera durante años, incapaz de quitarla no sólo por amor sino porque la foto, sudada y vieja, se había pegado para siempre al plástico y la cartera era demasiado bonita como para tirarla. Era uno de esos selfies tiranos, de esos que si no salían bien (y nunca salían bien) te aguantabas y los guardabas igual. Y es que así eran antes los recuerdos, dilatados: romper esa foto y tirarla con las cáscaras de plátano suponía un desgaste emocional considerablemente mayor a Click derecho – Seleccionar Todo – Eliminar.

Y ni qué decir de perderse por callecitas sin nombre y sin Google Maps que te oriente. De escribirte el teléfono de su casa en la mano y no lavártela en todo el día porque ay de ti si se borra. De escuchar The Nada de Johansen en el discman, de que se acaben las pilas y que no importe, de cantar a la par, bajito. De inventarte un mundo de preguntas sin que Google te dé las respuestas. De que sólo tenga un perfil: el suyo en la penumbra del cine, y de nunca hacer check-in y que nadie sepa dónde estás, sólo él y tú, en ese rincón vuestro.

Él y tú. Él y yo.

La promoción irrepetible de Bellsouth, en efecto, no se repitió. Bellsouth se vendió a Telefónica y él y yo cambiamos de compañía, volviéndonos incompatibles de aquí a la eternidad. Nos costó darnos cuenta de que no nos enamoraríamos del otro nunca más (lo intentamos demasiadas veces), por lo que nos despedimos de la única manera que supimos hacerlo: a medias. Conservo nuestros recuerdos viejos y manidos en el agujero de las cosas perdidas, ese espacio extraordinario donde sin Click derecho – Guardar se conservan aquellas cosas que es imposible olvidar. Me siento mayor cuando veo el espacio tan grande que ocupa hoy la tecnología en las relaciones, pero vuelvo a sentirme esa niña de dieciocho años cuando busco el amor en el móvil, por teléfono, por chat, por mail, por Facebook, pordondemalditasea… y no lo encuentro en ningún lado. Y es que antes nos enamorábamos de otra manera, pero al fin y al cabo, nos enamorábamos igual: idiotas y esperanzados, sin certificado de garantía ni compromiso de calidad.

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