Del amor y otros desafíos a la lógica

Sofía y yo fuimos compañeras de Universidad y solíamos esquivar las clases de Lógica para tomar café y despotricar contra lo apestoso de nuestras vidas amorosas. Teníamos 19 años y el amor, como el aire mismo, era imprescindible para nuestra supervivencia. “Nunca terminas quedándote con el amor de tu vida. Terminas quedándote con la persona que te entiende”, vaticinó, categórica. Siempre recordaré el instante en que soltó tamaña frase como un momento cataclísmico, desolador, donde el amor de pronto se volvía un ente utilitario y pragmático. Lo negué. “El amor no es lo que piensas”, Sofía reafirmó.

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