De todo eso que aprendes a asumir cuando cumples 30

Cumplirás treinta.

Esa mágica edad en la que eres lo suficientemente mayor como para captar referencias de los 80s pero lo suficientemente joven como para saber quién es One Direction. De la noche a la mañana el culo y las tetas se te caen y en dirección inversamente proporcional se te ensancha el autoestima muy hermosamente.
Y es que es a los treinta cuando aprendes a asumir ciertas verdades inmutables del universo.

Aprenderás a no abrirle la puerta a cualquiera en tu vida.
A los veinte tu vida es como el show de Laura Bozzo: siempre dejas pasar al desgraciado. A los treinta aprenderás que a la gente que sólo aporta confusión no hay que dejarla entrar ni a tu Whatsapp. Aprenderás que los amigos verdaderos son aquellos que te quieren cuando menos querible eres y que siempre te encuentran cuando más perdida estás.

Aprenderás que la vida no es justa.
A los veinte crees que hay una mano invisible que ordena el mundo y le da a cada cual lo que merece. A los treinta aprenderás a asumir que el karma no existe: que a los buenos les puede ir muy mal y que ese chico que te hizo tanto daño será muy feliz y morirá plácido en una cama tibia como la viejita del Titanic. Aprenderás a perdonar con sinceridad.

Aprenderás que tu mamá tenía razón en un montón de cosas.
Sólo que con veinte no tienes la sabiduría suficiente para comprenderlo. A los treinta lo comprenderás. Y muy probablemente (para bien o para mal) te convertirás en ella.

Aprenderás que si no tienes pareja, no es que tú tengas algún problema.
Simplemente no la tienes. Dejarás de perseguir a gente a la que no le interesas y no te sentirás en lo absoluto loser si pasas la noche del sábado solo con tu buen amigo Cabernet Sauvignon. A pasarlo con un montón de subnormales, preferirás pasarlo con alguien de puta madre: tú.

Aprenderás que ya no puedes beber como antes.
A los veinte, a falta de respuestas, te bebes hasta el agua de los floreros para olvidarte de las preguntas. A los treinta asumirás que ya no puedes beber así. Ni adelgazar tan rápido. Ni trasnochar demasiado. Ni broncearte con imprudencia. Ni maltratarte tanto el cuerpo, del que ya conocerás sus límites y habrás aprendido a aceptar. Supéralo: Las siestas te entusiasman más que las fiestas. Celébralo con un vino bueno y la cena cara que a los veinte no podías pagar.

Aprenderás a no vivir la vida como otros esperan que la vivas.
No tendrás por qué agradarle al resto. No tendrás que compartir tus conceptos de vida, amor y éxito con nadie más. Si alguien te juzga, te importará un carajo. Admitirás sin vergüenza que los doritos con ketchup son tu snack favorito y con los huevos bien puestos gritarás que qué Coldplay ni qué niño muerto, tu música feliz es Raphael y que digan lo que digan, digan lo que digan los demás.

Aprenderás que el amor no está para sufrir.
Pasas toda tu década de los veinte viviendo terremotos amororos nivel ciento siete en la escala de Richter y a los treinta gritarás: PARE DO SUFRIR, más vale bueno por conocer que malo conocido (y siempre con pájaro en mano). Lo entenderás al fin: la gente no cambia, y dejarás de buscar gente “con potencial” para centrarte en aquellos que sean hoy mismo lo que buscas. Reconocerás que quizá no necesitas un príncipe azul de Disney sino un desordenado mental igualito a ti que te quiera como tú necesitas que te quieran. Puntos bonus: Descubrirás que el sexo a los 30 es mucho, mucho mejor.

Te reconciliarás contigo mismo.
Harás las paces contigo y dejarás de luchar contra quien no puedes dejar de ser. Cumplirás treinta, pero no te mentiré: la vida no será más fácil y cambiará más rápido de lo que te puedas permitir reaccionar. Seguirás confundido. La seguirás cagando. Seguirás sin saber quién eres ni qué quieres de la vida, pero eso ya no será más motivo de tristeza. Aceptarás los cambios sin miedo y te despedirás de todos esos lugares a los que ya no puedes volver. Y sí, sentirás envidia de la gente de veinte y de sus vidas invencibles llenas de posibilidades; pero te reconfortarás burlándote de ellos mientras los miras cometer todos y cada uno de los errores que tú ya cometiste.

De culo caído, pero con la frente bien en alto.

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