De los umbrales, el amor y el dolor

Pasarás la mitad de tu niñez entre clínicas y hospitales. Serás la última hija de un matrimonio de médicos quienes tendrán la ilusión de que, a base de ósmosis, te conviertas en uno de ellos, luego de haber sido decepcionados por tu hermano mayor economista y tu hermana mayor traductora. Desprovista por completo de aptitud para la ciencia, procederás a decepcionarlos una vez más y te convertirás en publicista.

Crecer en un ambiente científico te hará creer que el mundo funciona con mecanismos rigurosos y exactos. Lo demostrarás jugando a las ligas, donde tu torpeza se las cobrará en repetidas ocasiones con tus rodillas. Aprenderás que si un suelazo te hace daño, las rodillas dolerán —a manera de reflejo—, y así te volverás mejor jugando a las ligas para evitar futuros y dolorosos suelazos. En casa nunca faltarán los ibuprofenos y los paracetamoles, y creerás siempre que el dolor es previsible, manejable y suprimible de un hachazo.

Pero un dia te enamorarás.

Te lo habrán advertido todas las telenovelas mexicanas de Canal Cuatro y todas las canciones románticas de Studio 92 (No Salsa): amar duele. Amar y que no te amen, dejar de amar, amar y que te amen pero no poder amarse, que te digan que te aman pero que no te amen… duele. Pero amarás. Ni cien ibuprofenos serán capaces de curar el colosal dolor que aquel primer atropello amoroso significará: serás incapaz de prevenir las subsiguientes colisiones en cadena y te cagarás en todo aquello que aprendiste sobre los mecanismos, los estímulos y los hachazos.

Y gritarás que duele, y que el dolor es cualquier cosa que tu digas que sea, y existe cuando tú dices que existe. Y te preguntarás: En un universo sin analgésicos para el amor, ¿Cuál es tu umbral del dolor?

Volverás a tus momentos dolorosos. Te recordarás nuevamente en el patio del colegio jugando a las ligas, con las rodillas ensangrentadas, latiendo y dormidas; poniéndote de pie, tenaz, y volviendo a saltar; plenamente confiada en que al siguiente salto pisarás bien, y no caerás.

Y pensarás que el corazón es así: se estira, se rompe, se desforma, se deshace y ama, porque él y su eterna y maldita esperanza confían en que luego del sufrimiento el mundo será indoloro. Que te volverás mejor. Y confiarás en que tu umbral del dolor frente al amor sea altísimo y que vaya en proporción directa con el tamaño de tus esperanzas. Y decidirás tener grandes esperanzas. Resistirás resignada el via crucis emocional. Seguirás amando, sin analgésicos, confiando en mañana.

Y pasará una de dos cosas: o tendrás un final feliz como en las novelas mexicanas, o tu corazón elástico cederá y se romperá. Porque hasta el mejor elástico se vuelve plástico y se quiebra cuando es sometido a fuerzas extremas. Y no sabrás qué pasará hasta que pase.

Y será MA-RA-VI-LLO-SO.
O no.

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