De los héroes románticos que nos jodieron la vida

Penélope y yo nos conocimos porque ambas éramos unas auténticas freaks de Queen.

Empecé la universidad luego de mi verano autista del 98 donde lo único que hice fue fumar, estar borracha y escuchar el News of the World en bucle, una y otra —y otra— vez. Hablé con Penélope por primera vez a los dos o tres días de empezar clases, y conocerla fue como encontrar a esa otra mitad tuya rara que, muy en el fondo, esperas que exista en algún lugar del mundo. Moríamos por Freddie Mercury y no podíamos vivir sin bailar como si nadie nos estuviera mirando. Amábamos las palabras chabacanas como se ama a un hijo feo, sin vergüenzas; y aunque ella siempre fue mucho más guapa y exitosa con el sexo opuesto que yo (y es que a mi las modas de los 90s me hicieron mucho daño) ambas teníamos una tara emocional de esas que te marcan sin remedio: a ambas nos había arruinado el amor Mr. Darcy y Heathcliff. Dos hombres ficticios, vamos.

En nuestro caso nos enamoramos most ardently de Darcy y Heathcliff porque éramos unas chanconas (maldita seas Jane Austen, me cago en tus muertos Emily Brönte), pero los héroes románticos vienen disfrazados en cantidad de formatos. Llámalo Lloyd Dobler. Llámalo Rick Blaine. Rhett Buttler. Paul Varjak. Harry. Jesse. Hubbel. Incluso puedes llamarlo Noah (aunque si tu idea de un héroe romántico la sacaste de The Notebook te perderé un huevo el respeto). Llámalo como quieras: de cualquier manera, cuando tu vida te la jode uno de estos hombres inventados, la idea del amor se te desdibuja por completo.

Te pasas los días esperando a que ese sujeto para quien eres invisible tenga de pronto un gesto romántico y se transforme en un novio de puta madre por los siglos de los siglos amén. A que ese humano que pasa de ti mil kilos de pronto escuche Love of my life, se de cuenta de que en realidad te ama y se aparezca en tu casa una madrugada fría, te tire piedritas a la ventana y te cante una de Peter Gabriel. Y ni qué decir de Queen. La cantidad de veces que lloré en el Chama escuchando It’s late en mi discman de última generación fueron infinitas. Vives esperando —viví, ay — tu final feliz, cuando en los libros nadie te cuenta qué pasa después de la boda ni cómo amanecer todos los días al lado de un hombre al que le huelen los pies no es tan de puta madre como creías.

Decía Lorrie Moore que lo que es bueno para la literatura no es bueno para la vida —y viceversa— pero cuando te crees que estás dentro del cuento, es inevitable que te pases el tiempo de terremoto en terremoto emocional nivel ciento siete en la escala de Richter. Y para nada, porque el amor, supongo, es otra cosa.

Penélope y yo escogimos caminos distintos y la última vez que nos vimos fue en un concierto a nuestros veintitantos, ambas de corazón magullado y decepcionadas tras comprender que de Darcys y Heathcliffs el mundo no estaba hecho, y que las canciones de amor eran sólo eso, canciones. Nos siguen gustando las palabras ridículas, nos sigue encantando Queen y espero que ella siga bailando como si nadie la estuviera viendo: lo hizo siempre tan bien. Cardíacamente hablando Penélope tiene la vida resuelta, y yo, la verdad, no sé de qué está hecho el amor. Ella siempre me llevó la delantera en esos asuntos, por lo que espero que si ya lo sabe, me lo diga. A Heathcliff lo tengo de páginas cerradas en la mesita de noche.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s