Cuatro razones para no salir del armario

Llámalo armario. Llámalo un amigo. Llámalo una prisión. Tu pareja de toda la vida. Llámalo cárcel. Llámalo la ciudad en la que vives, tu trabajo de nueve a seis, tus costumbres y tus dogmas. Llámalo una jaula muy pequeña. Una vida poco satisfactoria. Tus días que son fotocopias de todos tus otros días. Llámalo como quieras.

Y es que no, señora, no: no hay que ser gay para vivir en un armario.
Seguro que tienes el tuyo.
Y por mucho tiempo creerás que viviendo ahí se está de puta madre.

Porque te acostumbras.
Una mañana lluviosa te encerrarás en un armario feo porque está seco y calentito. Dejará de llover y te dirás, ¿para qué voy yo a salir de aquí? Ya estoy acostumbrado, y romper con las costumbres está muy feo, oiga. Te autoconvencerás de lo cómodo que se está en tu agujero. Mira, oye: En tu armario no entran todos tus zapatos. En tu armario no entra ni medio invitado. Tu armario huele a loco, y es que hay que abrir puertas y ventanas de cuando en cuando porque la vida nunca -escucha- nunca es de puertas para adentro.

Pero tú crees en tu armario.
Y lo dices henchídísimo de orgullo: Oiga, yo creo en estas paredes, aunque seas un humano infeliz y tronchado en ese espacio reducido. Déjame ilustrarte: tus creencias no te hacen mejor persona. Al contrario, te hacen una persona peor. Tus creencias no son más que opiniones que consideras absolutas y que te niegas a discutir con los demás. Si prefieres tus principios a tu felicidad, sinceramente, te mereces tu mierda de vida.

Pero así lo has planificado.
Y dirás, yo he escogido mi armario. así lo he planificado. NO. La vida no es como la planificas, y eso, déjame decirte, es un puto regalo. La vida es hoy, este instante, este micromomento y tú estás escogiendo pasarlo metido en una jaula. Mientras no te dejes sorprender la vida seguirá siendo esquinas oscuras y polvo pegado.

Y es que tienes miedo.
Y aceptarás, en voz bajita, que dentro estás seguro y que afuera te pueden herir. Pero date cuenta: Todo en la vida te va a herir. En un momento u otro, sin preámbulos ni aviso. Hay que soportarlo, y hay que encontrar aquello que lo merezca. La mayoría de miedos, además, están en tu cabeza. Es la belleza —y el maleficio— de estar hecho de sentimientos.

Y es que todos tenemos nuestro armario: ese lugar en apariencia seguro donde, sin darnos cuenta, nos estamos matando. Abrir las puertas no es fácil. A veces necesitas que las abran por ti. A veces necesitas derribarlas a golpes. A veces necesitas construirte tu propia llave, a veces necesitas saltar por la ventana sin mirar atrás.

Porque un día (y ese día llegará), sin consultar el tiempo, saldrás del armario.
Te separarás.
Renunciarás.
Te mudarás.
Te irás.

Y te irás sólo para volver: volver a quien eres en esencia. Volver a ser esa persona contra la que nunca debiste luchar. Volverás para dejarlo todo atrás, porque sólo abandonando tus armarios —esos que creías indispensables— descubrirás la verdadera libertad.

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