Carta abierta a mi madre (y del azar y la felicidad)

Hola, mamá.

No me voy a casar ni voy a tener hijos.
–Pausa trágica–
Para explicarte por qué, déjame hablarte de la suerte.
De la suerte y el azar.

Encontrar con quien compartir tu vida, mamá, es producto de la suerte.
No lo encuentran los más guapos.
Ni los más inteligentes.
Ni los que lo andan buscando con ahínco desde los quince años. No.
La gente lo encuentra con suerte. Y no me refiero a la suerte en el sentido de buena fortuna: me refiero a la suerte en el sentido de azar. Tú, mamá, lo conoces bien: el azar que lo llevó a él a fallar dos veces el examen de ingreso a la universidad. El azar que, al aprobar, lo obligó a sentarse a tu lado en clase una mañana de marzo. El azar que lo llevó a ser, cincuenta años después, el hombre a quien llamo papá. Encontrar con quien compartir la cama y la cena hasta la vejez es fruto de esa suerte. De esas casualidades. De ese encadenamiento de sucesos fortuitos, en apariencia inconexos, y que nos llevan a donde estamos ahora.

Pero tranquila: no declaro categóricamente mi soltería ni me cierro a la posibilidad de reproducirme. Sólo te informo de que prefiero vivir sin esperar que el azar me lleve por ese camino. Quizá esté por ahí el hombre que encuentre entrañables mis manías y paranoias, que se ría de mis chistes malos ya quien le enamore mi risa espantosa. Quizá esté por ahí, pero quizá no. Hombres no han faltado ni faltarán, ni bares, ni risas, ni camas (por favor, ¡camas!), pero el haber comprendido que el destino es en gran parte aleatorio (y que mi vida no es una democracia participativa) ha hecho que mágicamente toda esa tiranía del matrimonio y el reloj biológico y el terror a acabar sola hayan pasado a importarme un verdadero carajo.

No me digas ahora que qué cosas pienso y que me merezco a un gran hombre y que encontraré a alguien. No me digas que mi alma gemela está a la vuelta de la esquina esperándome, mamá. Prefiero vivir pensando que, muy à la Rolling, la vida me sorprende con lo que necesito y no necesariamente con lo que merezco. La protagonista de esta historia soy yo. SOY BATMAN. Y el que no exista un Robin no desmerece en nada la calidad de mi vida. No pienses que me he vuelto una triste: creo en el amor. Creo en él y creo superlativamente, inmensamente, absolutamente. Más que nunca, mamá. Pero creo que es un asco de vida esperar a que el amor sea la única forma de felicidad que me defina.

Si por azar me encuentra alguien que quiera formar parte de la maravillosa vida que me estoy montando y yo le dejo, bienvenido sea. Si vienen uno, dos, tres o diez hijos y yo los quiero, pues te daré uno, dos, tres o diez nietos. Y lo disfrutaré mientras dure y me ilusionaré mientras pueda. He decidido que de nada sirve felicitarme mucho por las cosas que me pasan si a la vez voy a castigarme por las que me dejan de pasar. La mitad de lo que me pasa es fruto de las casualidades: así es mi vida, la tuya y la de todo el mundo. Y desde que lo sé, mamá, soy muy feliz.

Tu hija
que a los treinta y tantos
ha nacido de nuevo
y tiene por delante una vida
de puta madre.

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