Carta a Camila, año 2025

Linda Camila, a tus dieciocho años:

Hoy, en 2014, tienes seis y eres fantástica y lo sabes.
Pero a los dieciocho quizá te hayas olvidado.
Pero yo veo en partes lo que tú ves (porque soy tu Hada Madrina, y las Hadas Madrinas tenemos —además de escobas voladoras— poderes supermágicos para ser viajeras en el tiempo) así que voy a recordarte a quién conozco yo.

Bailas.
Bailas frenética y desacompasada no porque seas buena, sino porque te encanta hacerlo. Eres la mejor en matemáticas, sí, pero las esferas donde destacas no te impiden moverte en las esferas donde no, pero que te fascinan. Nadie baila como tú.

Conoces la belleza.
Cuando dices que algo te parece precioso no lo dices por su apariencia o por la ausencia de defectos o limitaciones. Lo dices porque te hace sentir mariposas en la tripa. No olvides esto al juzgar la belleza del mundo: no lo olvides al juzgar la tuya propia.

Le haces caso a tu mamá.
Porque ella siempre tiene la razón: incluso cuando está cansada e incluso cuando se equivoca. Sabes que es una verdad irrefutable: no hay nadie en el mundo que te quiera con más amor y menos egoísmo que ella. Además merece una estatua porque te parió (y pesaste casi cuatro kilos, desgraciada).

Te cepillas los dientes tres veces al día.
Las endodoncias son lo peor. Cepíllatelos.

Amas a tu hermano.
Dices Fernanito Fernanito Fernanito y lo besas y le cantas. No te olvides de quererlo siempre así. Los hermanos son esos amigos que la genética te autoimpone— no te los puedes quitar de encima ni a palos lo cual es, creas o no, un regalo: ellos son esos lazos invisibles hacia tu pasado; hacia quien eres en verdad y hacia quien siempre quisiste ser.

Eres una buena amiga.
Eres la mejor amiga del barrio porque les das helados a todos cuando hace calor y no llevas la cuenta de cuántos helados te deben sino de cuántas horas quedan para seguir jugando. No olvides nunca esta repartición amnésica.

Corres y te caes.
Tus piernas llenas de raspones y heridas te mantendrán lejos de Miss USA pero cerca de tus sueños. Te caes de los árboles, te haces daño y te duele, pero sabes que sacudiéndote las rodillas puedes volver a intentarlo: con una mejor estrategia, con las rodillas fortalecidas. Las estatuas inmóviles no llegan a la cima de los árboles. Sigue siendo tenaz.

Ignoras a los estúpidos.
Los miras con esa cara de y a ti quién te inventó, te das la vuelta y te vas. Sigue haciéndolo.

Sabes que el cambio es posible.
Ayer querías ser baterista, hoy profesora, mañana artista. Sabes que en la vida no hay nada definitivo y que los cambios son posibles si los enfrentas con valentía. Sí, a veces no consigues eso que quieres. Sí, hay puertas que se cierran, infranqueables. Pero crees siempre en tus planes, y haces lo que haya que hacer para volverte eso que sueñas ser. Como tocar las ollas de tu cocina con los palos de tejer de la abuela hasta lograr el downbeat perfecto.

Así que recuerda: en los momentos donde quieras echarte las dos manos a la cabeza, en esos días confusos y grises, recuerda todo lo que a los seis ya sabías. Porque tú mereces ser quien eres ya, así que sueña como la niña que fuiste y construye como la adulta que eres.

Tu Hada Madrina
Quien, a los 45 (regia y dignísima) espera haber también aprendido todas estas cosas que supiste enseñarle desde el día en que naciste. Porque ella tampoco quiere olvidar.

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