Amor de cincuenta

Eleva tu copa y arremángate las enaguas porque mi madre y mi padre, los grandes y únicos Villanueva Samudio, han cumplido hoy 50 años juntos.

Mamá: cincuenta años aguantando a un Villanueva.

Por eso mereces que te hagan no una sino muchas estatuas.

Y ojo que yo quiero mucho a mi padre: mi padre es fantástico. Pero los Villanueva… los Villanueva somos así. Llegamos súper tarde a la repartición de un carácter dócil y llevadero por lo que no hay que enamorarnos,hay que aguantarnos, y es en ese aguante bien apechugado que los demás nos demuestran, infinitamente, aquello a lo que llaman amor.

Pero también tenemos virtudes. Rascando del fondo de la olla yo encuentro dos:

Uno: Sabemos identificar lo que es bueno.

En 1961 mis padres coincidieron en una clase de 150 personas en la universidad y puedo ver, casi a la perfección, la línea roja intermitente saliendo de los ojos de mi padre y posándose en mi madre, tan linda ella, con sus 16 años y sus gafas sesenteras. Es una verdad irrebatible: el único defecto de mi madre es que no le baja el volumen al teléfono cuando juega al Candy Crush y estoy segura de que mi padre fue capaz de ver tanta maravilla en el minuto uno. Y sólo un ojo prodigioso puede identificar rápidamente ese tipo de tesoros.

Dos: Perseguimos nuestros sueños.

Mi madre le hizo cero caso a mi padre por los siglos de los siglos amén, se iba de juerga con sus amigas y no le avisaba, le ignoraba un día sí y al otro también, pero mi padre no se bajó de la nube ni un segundo. Fue tras mi madre como Gargamel tras los Pitufos porque la iba a hacer su novia así fuera lo último que hiciera, y lo consiguió, y sólo alguien con gran determinación logra ese tipo de hazañas. Tres años después de conocerla, el 64, mi madre marcó con un corazón y una flecha el 15 de enero en su agenda. Se casaron el mismo día del 72 y esa fecha ha sido motivo de celebración en mi casa desde que tengo uso de razón.

Así que nada de que qué espléndidas orejas ni que niño muerto: los Villanueva somos unos pesados pero tenemos las dos virtudes indispensables para encontrar la felicidad en la vida: identificar lo que nos hace felices e ir tras ello. Y eso, papá, son dos virtudes que tus hijos siempre agradeceremos que hayas transferido a nuestro código genético. Por todo el resto, te perdonamos.

Así que felices cincuenta años, fenómenos. Por los momentos felices y los no tan felices. Por los vuelos y las caídas. Por los momentos en los álbumes de fotos y los momentos en los álbumes del corazón. Por hacernos soñar y por hacernos libres, y por dejarnos encontrar en esa libertad nuestro camino personal (sinuoso, extraño) hacia la felicidad.

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